
El nuevo Frankenstein de Guillermo del Toro: una ópera gótica sobre la fragilidad humana
Leila RiveraUn despliegue visual que vuelve al cine una experiencia táctil
Del Toro trabaja el gótico con una minuciosidad casi artesanal. La fotografía, sostenida en claroscuros densos y en una gama cromática que convierte lo ominoso en belleza, hace que cada plano parezca una ilustración iluminada. Hay allí una lectura casi pictórica del siglo XIX: máquinas, tejidos, cuerpos y laboratorios se integran en una puesta en escena que respira y supura materia. Las críticas internacionales coincidieron en este punto: el diseño visual es el mayor logro de la película y uno de los motivos por los que verla en pantalla grande se vuelve indispensable.

La criatura como espejo: una narrativa guiada por la empatía
La gran apuesta de Del Toro —y probablemente la más arriesgada— es otorgarle a la criatura una voz que desarma cualquier lectura meramente terrorífica. Jacob Elordi compone un ser herido, confundido y ávido de reconocimiento: más un hijo abandonado que un monstruo. La narración se desplaza así hacia un terreno ético y emocional, donde la otredad es humanizada sin ingenuidad. Diversos críticos, especialmente en medios europeos, subrayaron este enfoque como uno de los aportes más sólidos del film.

Actuaciones que sostienen la intensidad dramática
Oscar Isaac encarna a un Víctor Frankenstein menos científico y más artista trágico, alguien para quien crear es una forma de conjurar la soledad. Su contracara es Elordi, que aporta fisicidad, lirismo y un aire casi romántico a la criatura. Las reseñas coinciden: por más que el armazón visual sea imponente, es la química entre ambos la que le da espesor emocional a la película. A su alrededor, el elenco secundario —marcado por figuras en registros muy contenidos— aporta equilibrio a un relato que por momentos coquetea con la teatralidad.

El riesgo del exceso: observaciones críticas
Frankenstein no ha estado exento de reparos. Críticos de medios como The Guardian y The New York Times destacaron que, aunque la película deslumbra, su barroquismo puede conspirar contra la fluidez narrativa. También se mencionó que ciertos pasajes se inclinan hacia un melodrama que roza la grandilocuencia. Sin embargo, incluso quienes señalan estas debilidades reconocen que la visión del director es coherente y profundamente personal: un cine construido a contramano de la estandarización visual dominante.

El Frankenstein de Del Toro: un viaje visual entre la belleza y la monstruosidad
Más allá de sus irregularidades, el film triunfa allí donde Del Toro siempre se ha sentido más cómodo: en la construcción de un imaginario donde la herida es inseparable de la belleza. La música y el diseño sonoro funcionan como una respiración subterránea que acompaña el arco emocional de la criatura. El resultado es una fábula oscura, sensible y, por momentos, conmovedora, que vuelve a recordar que el monstruo —como en la novela de Shelley— es siempre el producto de un abandono.


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