“1976”, de Manuela Martelli: la dictadura chilena en clave íntima, entre la sutileza y el riesgo de la contención

En su ópera prima como directora, Manuela Martelli elige un enfoque elíptico y doméstico para narrar uno de los períodos más oscuros de la historia reciente de Chile. 1976 (2022) apuesta por el fuera de campo, el silencio y la transformación moral de su protagonista. Una película de enorme rigor formal, tan poderosa en sus aciertos como discutible en algunas de sus decisiones narrativas.
Cultura29 de enero de 2026Leila RiveraLeila Rivera

“1976”, cine chileno y memoria histórica: una mirada lateral a la dictadura

Ambientada en los primeros años del régimen de Augusto Pinochet, “1976” evita deliberadamente el relato épico o el testimonio directo de la represión. Martelli opta por una perspectiva lateral: la de Carmen (Aline Küppenheim), una mujer burguesa, conservadora y aparentemente ajena a la violencia política, que se ve involucrada —casi a su pesar— en una red de resistencia clandestina.

Este desplazamiento del foco narrativo no es inocente. La directora se inscribe en una tradición reciente del cine latinoamericano que interroga la dictadura no desde el centro del horror, sino desde sus zonas grises: los testigos pasivos, los beneficiarios silenciosos, los ciudadanos “correctos” que prefirieron no ver.

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Aline Küppenheim y el cuerpo como campo de batalla moral

Uno de los mayores aciertos de “1976” es la construcción del personaje central y la actuación de Aline Küppenheim. Carmen es un cuerpo rígido, contenido, casi inmóvil. Su transformación no se expresa en grandes gestos, sino en pequeñas fisuras: una mirada que se sostiene demasiado, una respiración alterada, un silencio incómodo.

Martelli filma ese proceso con una cámara austera, respetuosa, que evita el subrayado psicológico. La actuación de Küppenheim se convierte así en el verdadero motor dramático del film, sosteniendo una narrativa que confía más en la observación que en la explicación.

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Fortalezas de “1976”: precisión formal, atmósfera y fuera de campo

Desde el punto de vista cinematográfico, “1976” destaca por su coherencia estética. La fotografía de Yarará Rodríguez apuesta por una paleta apagada, casi aséptica, que refuerza la sensación de normalidad envenenada. La violencia está siempre fuera de cuadro, pero su presencia es constante, opresiva.

El montaje privilegia los tiempos muertos, las esperas, los trayectos. Esa elección refuerza el clima de vigilancia permanente y la idea de que cualquier gesto mínimo puede tener consecuencias irreversibles. La banda sonora, mínima y contenida, acompaña sin imponer emoción.

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Debilidades narrativas: cuando la sutileza roza la distancia

Sin embargo, esa misma apuesta por la contención puede volverse un arma de doble filo. En algunos tramos, “1976” corre el riesgo de una excesiva distancia emocional. El espectador puede sentir que el relato se repliega demasiado sobre sí mismo, evitando profundizar en las tensiones políticas que apenas se insinúan.

Asimismo, la decisión de mantener a los personajes secundarios en un registro casi funcional —especialmente los ligados a la militancia— limita la complejidad del conflicto. La película privilegia el despertar moral de Carmen, pero lo hace a costa de una mirada más amplia sobre el entramado social y político de la época.

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“1976” y el cine político contemporáneo: ética antes que denuncia

Lejos del cine de denuncia tradicional, “1976” se inscribe en un cine político de baja intensidad, más interesado en los dilemas éticos que en la reconstrucción histórica exhaustiva. Martelli parece preguntarse no tanto qué ocurrió, sino cómo fue posible que ocurriera con la complicidad cotidiana de quienes eligieron mirar hacia otro lado.

En ese sentido, la película dialoga con obras como “La cordillera” o “Post Mortem”, donde la violencia del poder se filtra en los gestos mínimos y en la normalización del horror.

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Balance final: una ópera prima sólida, incómoda y necesaria

“1976” es una película sobria, inteligente y formalmente sólida, que confirma a Manuela Martelli como una directora con una mirada propia y un notable control del lenguaje cinematográfico. Sus debilidades —principalmente ligadas a una narrativa excesivamente contenida— no opacan la potencia de una obra que incomoda más por lo que calla que por lo que muestra.

En tiempos de discursos simplificadores sobre el pasado, “1976” propone una pregunta incómoda y vigente: no quiénes fueron los verdugos, sino cuántos eligieron no ser nada.

 

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