“El chico de la última fila”: cuando escribir también puede ser una forma de manipular

La nueva miniserie surcoreana de Netflix adapta una de las obras más celebradas del dramaturgo español Juan Mayorga y la convierte en un refinado thriller psicológico sobre el poder de la ficción. Sin traicionar el espíritu del texto original ni de la recordada película En la casa, la serie encuentra una identidad propia, donde la literatura deja de ser un refugio para convertirse en un territorio de obsesión.
CulturaHace 1 horaLeila RiveraLeila Rivera

Una historia española reinventada desde Corea

Basada en la obra teatral homónima que Juan Mayorga escribió en 2006, la miniserie de seis episodios conserva el núcleo filosófico del original mientras lo traslada al universo del thriller psicológico coreano.

La historia sigue a Heo Mun-oh, un profesor universitario de literatura y novelista frustrado que descubre el talento excepcional de Lee Kang, un estudiante reservado que siempre ocupa el último asiento del aula. Fascinado por la calidad de sus textos, decide orientarlo como escritor. Sin embargo, la relación entre ambos pronto deja de ser académica para convertirse en un inquietante vínculo de dependencia.

Los relatos del alumno describen con una precisión perturbadora la vida privada de una familia acomodada. A medida que el profesor exige nuevas entregas, la frontera entre observación, creación literaria y manipulación psicológica comienza a desaparecer.

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La vigencia de Juan Mayorga

Pocas obras contemporáneas han reflexionado con tanta lucidez sobre la mirada como El chico de la última fila. En ella, Mayorga convierte al lector y al espectador en voyeurs involuntarios y plantea preguntas incómodas sobre la responsabilidad de quien observa para luego narrar.

En su universo, leer es una forma de espiar; escribir implica apropiarse de vidas ajenas, y contar historias supone ejercer poder. No sorprende que la pieza obtuviera el Premio Max al Mejor Autor y se convirtiera en uno de los textos teatrales españoles más representados internacionalmente.

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Más allá de “En la casa”

La obra ya había tenido una célebre adaptación cinematográfica en 2012 con “En la casa”, dirigida por François Ozon, que exploraba la ambigüedad entre realidad y ficción mediante un sofisticado juego metaliterario.

La versión coreana conserva esa estructura, pero desplaza el foco hacia el deterioro psicológico del profesor y transforma la obsesión en el verdadero motor dramático. No intenta competir con la película francesa: propone una lectura distinta, marcada por la tensión emocional y el clima inquietante característicos del mejor thriller surcoreano.

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Un duelo interpretativo

Uno de los mayores aciertos de la serie es la presencia de Choi Min-sik, inolvidable protagonista de Oldboy. Su interpretación evita cualquier simplificación: su personaje no es un maestro ejemplar ni un villano, sino un escritor frustrado que cree encontrar en el talento ajeno la posibilidad de recuperar una inspiración perdida.

Frente a él, Choi Hyun-wook compone un estudiante de aparente fragilidad cuya verdadera fortaleza reside en su capacidad para controlar el relato. Entre ambos se establece un duelo silencioso donde cada texto funciona al mismo tiempo como confesión, provocación y trampa.

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Cuando la ficción modifica la realidad

La mayor virtud de la miniserie consiste en convertir la escritura en un protagonista invisible. Los relatos del estudiante no solo describen la realidad: parecen transformarla. Cada nueva página altera la conducta de quienes la leen y convierte la ficción en una herramienta de intervención sobre el mundo.

Sin recurrir a grandes golpes de efecto, la puesta en escena acompaña esa idea con una realización sobria y precisa. Bibliotecas, aulas, pasillos universitarios y hogares silenciosos construyen una atmósfera donde siempre parece haber alguien observando. La fotografía, dominada por tonos fríos, refuerza una constante sensación de vigilancia.

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Una adaptación con personalidad propia

La crítica ha destacado la inteligencia con la que la serie traslada la obra de Mayorga al contexto coreano sin perder su esencia. También ha elogiado la interpretación de Choi Min-sik y la capacidad de la adaptación para encontrar recursos visuales propios en lugar de limitarse a ilustrar el texto teatral.

Su ritmo pausado y la importancia concedida a la palabra por encima de la acción pueden exigir cierta paciencia al espectador. Pero precisamente esa apuesta es la que la distingue dentro del catálogo reciente de Netflix.

Más que un thriller psicológico, El chico de la última fila es una reflexión sobre el poder de las historias y los dilemas éticos de la creación artística. En una época marcada por la exposición permanente de la intimidad y la fascinación por los relatos "basados en hechos reales", la serie recuerda que toda mirada implica una forma de poder y que toda escritura puede convertirse en un acto de apropiación.

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