Historias de Norma: relatos de una vecina con mucho para contar - Episodio 1

Conversaciones cotidianas, anécdotas y reflexiones desde la mirada de Norma, una vecina jubilada que encuentra en las palabras una forma de conectar con los demás.
Cultura23 de abril de 2025Leila RiveraLeila Rivera

Mabel Grillo nos presenta a Norma, una narradora espontánea que comparte historias de la vida cotidiana con un toque pedagógico.
Norma es una de esas vecinas que siempre tiene una historia para contar. Desde que se jubiló, ha convertido las charlas con amigos, vecinos y desconocidos en una especie de ritual diario. Con un espíritu generoso y la intención de entretener—y quizás también de enseñar—Norma nos trae relatos llenos de vivencias, emociones y reflexiones.

En este espacio, Mabel Grillo nos introduce en el universo de Norma, donde las anécdotas se entrelazan con la realidad y nos invitan a escuchar otras voces, aquellas que muchas veces no encuentran lugar en los medios. A continuación, el primer episodio de esta serie de relatos: "Se fueron las visitas de verano".


 
Historias de Norma 

Mabel Grillo 

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Norma es una vecina más, de acá, de donde nosotros vivimos. Ahora que  está jubilada, le gusta conversar y suele invertir bastante tiempo en charlas diarias, sobre  el tema que sea, con vecinos, amigos y cualquiera que se le acerque. En este espacio, nos  contará esas charlas y algunas de sus experiencias cotidianas. Dice que lo hace porque  desea entretener a quienes no tienen tiempo de hablar con los demás. Como la conozco y  sé que toda su vida fue docente sospecho que también tiene un objetivo pedagógico.  Desea que entendamos un poco mejor las ideas de quienes no tienen espacio en los medios  o en otros escenarios de la vida pública.  

norma cuenta

Norma cuenta 

Episodio 1

Se fueron las visitas de verano 

-Se fue su nieto?, me preguntó Teresita, la vecina curiosa de la cuadra. Sí, le  contesté, mi hijo y su familia se fueron hace unos días. Y, ahí nomás, sin  hablar de otra cosa le conté lo que me pasaba todos los años con la visita de  mis familiares en el verano. Creo que necesitaba conocer si a otras personas  les pasaba lo mismo, porque no estaba contenta conmigo. Cuando llegaban,  antes de las fiestas, era todo alegría. Los había estado esperando todo el  último mes. Cuando se iban, a los sentimientos de tristeza y cierta soledad se  le sumaba un sentimiento de paz y tranquilidad, que realmente disfrutaba.  Por qué no quiero tenerlos siempre conmigo?, seré una mala madre o una  abuela desalmada?, una tía y una cuñada desconsiderada?. Una persona  ermitaña que no disfruta de los encuentros con los seres queridos? Me hacía  mal tener pensamientos tan impiadosos sobre mi persona y así se lo conté.  

-Mi querida vecina, me dijo Teresita, deje de pensar cosas malas sobre su  persona. Eso me pasa a mí también y le debe pasar a medio mundo.  

Y, para calmarme, enseguida se despachó con una explicación bastante  convincente. Para ella pasaban dos cosas; primero, ocurría que nos  cansábamos, porque aunque las visitas tengan buena predisposición y  colaboren mucho, los dueños de casa trabajan más y, segundo, algo que 

según me dijo para ella era muy importante, se extraña la rutina y ser libre  para organizar las actividades diarias como a ella le gustaba. 

Como era una charla que me incomodaba, le dije que estaba de acuerdo y  rápidamente cambié de tema.  

Pero lo de la rutina me siguió dando vueltas en la cabeza. Me acuerdo que  cuando era joven odiaba la rutina, era igual a aburrimiento. Con mis amigas  hablábamos sobre el tema y acordábamos en que eso de conocer de antemano  lo que harías al día siguiente todos los días de nuestra vida era una peste.  Decíamos que apenas termináramos de estudiar nos pondríamos a trabajar y  ahorraríamos para viajar por todo el mundo; queríamos conocer gente nueva,  lugares diferentes y hace todos los días algo distinto.  

Me parece que cuando uno “ya cumplió los años muchas veces” valora más  la tranquilidad que nos permite la rutina. Si día tras día hacemos más o menos  lo mismo, no debemos pensar demasiado en qué podemos hacer en cada  momento porque lo sabemos de antemano. Tenemos una sensación de  control sobre lo que nos rodea que se pierde cuando somos varios o muchos.  Por otro lado, si estamos solas y queremos cambiar algo lo hacemos como  nos gusta. Tomamos las decisiones del día a día sin consultar demasiado: qué  almorzamos?; a qué lugar del río vamos?; que compras necesitamos hacer?.  Además, cuando somos varios en la casa las cosas ya no se mantienen en su  lugar; por ejemplo, adónde está el posafuentes que siempre dejo en este  estante?; adónde quedó el pan que compramos hoy?; y la botella de aceite?,  alguien la cambió de lugar, etcétera, etcétera.  

Entonces, debía coincidir con mi vecina, la pérdida de la rutina diaria  también me afectaba en los veranos familiares. Como dije, cuando era joven  odiaba hacer todos los días lo mismo; ahora, en cambio, me voy dos o tres  días a algún lado y quiero volver a mi casa para seguir mi rutina diaria.  Aunque, debo reconocer que, al mismo tiempo, cuando se me presenta la  oportunidad de irme de viaje lo hago encantada y sé que por algunos días  estaré feliz. Fue entonces que pensé y sentí, con gran alivio, que de la misma  manera que me pasaba con los viajes, si mis familiares volvieran hoy estaría  feliz nuevamente. Sí, me gustaría que vuelvan hoy. Y sí, es así, los seres  humanos podemos ser un poco contradictorios. Entendí que debo aceptar que  junto al sentimiento de tristeza y soledad también me sentiré tranquila y  alegre de retomar mi vida de todos los días. Entonces, quiero que mi familia  vuelva a visitarme; estoy dispuesta a pagar cierta culpa por mi sentimiento  de tranquilidad cuando se vayan. 

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